Los cinco próximos años, mejores para el oro que los cinco pasados.

 

Los cinco próximos años, mejores para el oro que los cinco pasados.

El interés de los inversores por el oro durante los últimos siete años ha sido más bien discreto, ya que otros activos con mayores revalorizaciones anuales, como los mercados de capitales o los bonos, han atraído el interés de quienes buscaban ganancias a más corto plazo. Sin embargo, esta tendencia puede cambiar durante los próximos años.

El interés de los inversores por el oro durante los últimos siete años ha sido más bien discreto, ya que otros activos con mayores revalorizaciones anuales, como los mercados de capitales o los bonos, han atraído el interés de quienes buscaban ganancias a más corto plazo. Sin embargo, esta tendencia puede cambiar durante los próximos años.

En un interesante artículo publicado en MoneyWeek, Dominic Frisby recuerda que el máximo histórico del precio del oro, 1.920 dólares la onza, se registró en 2011, durante una de las varias crisis de Grecia. Durante el año siguiente, se mantuvo cerca de esos niveles, superando en varias ocasiones los 1.800 dólares la onza.

Sin embargo, desde 2013 el precio comenzó a caer, arrastrando consigo a las compañías mineras de oro. A finales de 2015 y principios de 2016, la tendencia se invirtió, pero desde el verano de ese año, el mercado se ha vuelto a adormecer.

Según Frisby, el precio del oro se ha visto eclipsado por casi todos los demás activos: acciones, mercados emergentes, petróleo, metales de base y, por supuesto, criptomonedas.

Hace unos meses, la tendencia se ha invertido y el precio del oro ha empezado a crecer de nuevo, aunque, según Frisby, hay un problema, en el que el oro ha caído a finales de marzo, en febrero y enero pasados, en septiembre de 2017, varias veces durante el verano de 2016 y en marzo de 2014: “el problema son los 1.360 dólares la onza y sus alrededores. Tan pronto como se acerca a ese nivel, vuelve a caer”.

Como se puede ver en el gráfico de MoneyWeek, las dos líneas rojas indican la horquilla de precios entre los 1.355 y los 1.370 dólares la onza. Cada vez que el precio del oro ha intentado superar esa barrera, se ha vuelto a desplomar.

En opinión de Dominc Frisby, resulta muy positivo el hecho de que, en esta última ocasión, la caída del oro tras acercarse a ese nivel no ha sido tan pronunciada: en 2014 y 2016; en esos años, el precio bajó cerca de 200 dólares tras el “asalto” a los 1.360 dólares la onza; en 2017, la caída fue de solo 100 dólares. En 2018, la caída se ha limitado a 50 dólares, con mínimos más altos.

Además, solo en 2018 se han producido cuatro intentos de sobrepasar ese nivel, lo que hace más probable el hecho de que el oro pueda superarlo. Y una vez que lo haga, se despejará el camino hacia los 1.400 dólares o incluso más.

Respecto a la rivalidad con otros activos como las acciones o los bonos, desde Money Week opinan que el oro está comenzando a superar los resultados de ambos. Un mejor resultado del oro frente a estos activos, considerados tradicionalmente como más rentables que el metal, servirá para atraer a más inversores.

Si el oro se ve inmerso en esta corriente alcista, arrastrará consigo también a las acciones de las compañías mineras y a la plata. De momento, el oro está registrando una mayor revalorización que aquéllas. Pero si se dan las condiciones de un mercado alcista, lo normal sería que la plata y las mineras llevaran la iniciativa.

En cualquier caso, su conclusión es clara: los próximos cinco años van a ser mejores para el oro que los cinco últimos.

 

Fuente: OroInformación

¿Para quién trabajamos? “Qué harías si no tuvieras miedo”

¿Para quién trabajamos?

Hemos sido educados para ser empleados sumisos, contribuyentes pasivos y deudores hipotecados, trabajando y enriqueciendo a las grandes empresas, a las instituciones públicas y las entidades bancarias. Ha llegado el momento de empezar a trabajar para nosotros mismos al servicio del resto de ciudadanos.

Al concluir nuestra etapa académica y entrar en la edad adulta, solemos sentirnos confundidos, desorientados y perdidos. Dado que en general no sabemos quiénes verdaderamente somos ni para qué servimos, la mayoría no tenemos ni idea de qué hacer con nuestra vida profesional. Como consecuencia, el miedo y la inseguridad se apoderan de nuestra toma de decisiones. Y con la finalidad de calmar nuestra ansiedad, buscamos que Mamá Corporación, Papá Estado y el Tio Gilito de la Banca resuelvan nuestros problemas laborales y financieros. Esta es la razón por la que a día de hoy -en última instancia- todos trabajemos para las empresas, los gobiernos y los bancos.

En pleno siglo XXI todavía sigue siendo vigente el «viejo paradigma profesional» originado durante la Era Industrial. Y por «paradigma profesional» nos referimos al conjunto de creencias, valores, prioridades y aspiraciones que determinan nuestra manera de relacionamos con el trabajo, la empresa y la economía. Es decir, las necesidades, los intereses y las motivaciones que hay detrás de nuestra forma de ganar dinero. Y puesto que aquella época estuvo marcada por un modelo de contratación masiva de mano de obra sumisa y poco cualificada, en la actualidad seguimos siendo adoctrinados para tener una «mentalidad de empleado».

De hecho, la mayoría optamos por cursar estudios académicos con salidas profesionales, amoldándonos constantemente a la situación del mercado laboral. Y al creer que somos la «demanda», damos por hecho que no nos queda más remedio que enviar nuestro currículum vitae a los departamentos de selección de las empresas. Por medio de esta «búsqueda reactiva», quedamos a merced de las ofertas que pueda haber para cada uno de nosotros, siendo contratados según los parámetros establecidos por los empleadores.

En tiempos de crisis, las personas más vulnerables son las que se dedican solamente a vender su tiempo a cambio de un salario a finales de cada mes. Y es que cuanto menor es el valor añadido que aporta un trabajador, mayor es la posibilidad de ser el primero en ser despedido cada vez que su empresa decida reducir gastos. De esta manera, las compañías se convierten en dueñas de nuestro destino profesional a cambio de una falsa sensación de protección y seguridad.

También es muy propio de la Era Industrial que las empresas se hicieran cargo de sus empleados una vez concluyera su etapa laboral, proporcionándoles un plan de pensiones con el que sufragar los costes de vida durante su jubilación. La consigna de aquella época era: «Trabaja duro en el presente y así no tendrás que preocuparte de tu futuro, pues la compañía se hará cargo de ti cuando te hagas mayor y no puedas seguir trabajando». Pero este planteamiento vital ha quedado desfasado y ya no resulta válido.

A través de los impuestos, pagamos a la Administración Pública un porcentaje de lo que ganamos, de lo que ahorramos, de lo que poseemos, de lo que invertimos y de lo que gastamos. Existe un impuesto para gravar casi cada movimiento que realiza nuestro dinero. El objetivo del Ministerio de Hacienda es obtener de los ciudadanos la máxima cantidad de capital posible. Los impuestos son el precio que tenemos que pagar para vivir de forma civilizada.

La recaudación anual que realiza el Gobierno sirve para invertir en la «seguridad social», también conocida como «estado del bienestar». Es decir, todos aquellos servicios públicos ejecutados por funcionarios y creados para mejorar nuestra calidad de vida: las escuelas, los hospitales, los subsidios de desempleo, las pensiones, las residencias para ancianos, la televisión pública, las actividades culturales, las carreteras, los aeropuertos, la recogida de basura, los departamentos de policías y de bomberos, el ejército, el sistema judicial y penitenciario. Y cómo no, para sufragar mensualmente los intereses de la deuda externa acumulada por la Administración Pública.

Si no fuera por el dinero que ingresamos anualmente en las arcas del Estado, la estructura del Gobierno -así como la clase política que supuestamente nos representa- no podría existir. Sea como fuere, cada vez hay más impuestos y cada vez son más elevados. Los tributos recaudados por los gobiernos de los países más desarrollados industrialmente han pasado de representar el 8% de la renta -a principios del siglo XX- a casi la mitad a principios del siglo XXI.

Esta es la razón por la que de forma reivindicativa, a lo largo del mes de mayo se celebre en todo el mundo «el Día de la Libertad para el Contribuyente». Principalmente porque la mayoría de familias trabajan para el Estado desde el 1 de enero hasta mediados de mayo, tan sólo para hacer frente al pago de sus impuestos. En 2010, los contribuyentes españoles entregamos al Estado cerca de 110.000 millones de euros por medio del pago de impuestos.

En este país, por ejemplo, uno de los más conocidos es «el Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas (IRPF)», que absorbe una parte de la renta obtenida durante un año por los trabajadores, tanto si disponen de contratos indefinidos, temporales o trabajan por cuenta propia como autónomos. El IRPF oscila entre el 15% y el 43%, en función de nuestro nivel de ingresos. Así, cuanto más dinero ganamos, más se va a las arcas del Estado. En el caso de empresas y demás entidades comerciales, prevalece «el Impuesto sobre Sociedades (IS)», que fluctúa entre el 20% y el 30% de los beneficios, según el volumen de facturación registrado en cada año.

Otro de los tributos públicos más destacados es «el Impuesto sobre el Valor Añadido (IVA)», que se aplica a todos los artículos, bienes y servicios que consumimos. El IVA oscila entre el 4% y el 21%, dependiendo de si aquello que compramos es considerado por el Estado como un «producto de primera necesidad» o -si por el contrario- se trata de «caprichos» o «lujos» que en realidad no necesitamos para sobrevivir.

La historia de los impuestos está relacionada con el nacimiento y la expansión de la Corporatocracia. Antes de que comenzara la hegemonía de este imperio, la Constitución de Estados Unidos sostenía que cualquier impuesto que gravara las rentas de los ciudadanos por parte del Gobierno era «inconstitucional». De ahí que prohibiera estos tributos. Sin embargo, en 1862 -durante la Guerra Civil-, el Estado propuso la introducción de este impuesto como «una medida excepcional para financiar la contienda bélica». Pero una vez terminada la guerra, el pueblo continuó pagando dicho impuesto.

Y no sólo eso. En 1943, el Gobierno de EEUU -desesperado por obtener capital para participar en la Segunda Guerra Mundial- aprobó una ley que le permitía coger legalmente dinero de las nóminas de los trabajadores. Esta es la razón por la que en la actualidad los impuestos sobre la renta de los empleados son retenidos por las empresas y remitidos directamente al Gobierno. Así es como el Estado recibe el dinero antes que el propio trabajador sin que éste pueda hacer nada para evitarlo.

Más allá de trabajar para las empresas (vendiendo nuestro tiempo) y para los gobiernos (abonando impuestos), también trabajamos para los bancos. Principalmente a través del pago mensual de los intereses de la deuda que debemos a las entidades bancarias que en su día nos concedieron créditos y préstamos para financiar nuestro consumo. En España, por ejemplo, más de la mitad de las familias estaban endeudadas en 2012 debido -especialmente- a la compra de su vivienda. El 83% de los hogares de este país son de propiedad, si bien muchos de ellos todavía están por pagar, con lo que de momento pertenecen al banco que les ha concedido la hipoteca.

Y este fenómeno de endeudamiento está sucediendo a escala global. En Estados Unidos, casi ocho de cada 10 familias están endeudadas con los bancos. La mayoría de la gente pretende comprar cosas que en realidad no puede permitirse con dinero prestado que difícilmente podrá devolver. Así es como se convierten en siervos de quienes les conceden los préstamos. Hoy en día, una de las formas que ha tomado la esclavitud moderna se llama «hipoteca». Su traducción al inglés es «mortgage», que procede de «mortir», que significa «acuerdo hasta la muerte».

Desde un punto de vista contable, la hipoteca es un activo para el banco y un pasivo para quienes nos hipotecamos. Más que nada porque este contrato provoca que cada mes salga dinero de nuestros bolsillos para ir directamente a las arcas de la entidad financiera. Sin embargo, demasiadas personas han venido creyendo equivocadamente que la compra de una vivienda era una buena inversión. Por eso decidieron solicitar una hipoteca a 30 o 40 años para poder llegar a poseerla.

Pero mientras que el valor de una casa fluctúa en base a las leyes que rigen el mercado inmobiliario, el pago de la hipoteca es una obligación contraída para con el banco, la cual nunca cambia. Lo cierto es que muchas personas han sido lo bastante desafortunadas como para adquirirla en el momento equivocado. De ahí que algunas se hayan arruinado. Prueba de ello son los 159 desahucios que se efectúan diariamente en España. En el momento en que las familias dejan de pagar la cuota mensual definida por el banco, descubren bruscamente quien es su verdadero dueño.

Llegados a este punto, surge la gran pregunta: ¿para quién trabajamos? ¿Y a quién estamos enriqueciendo? No en vano, nuestros problemas financieros son frecuentemente el resultado de trabajar toda nuestra vida para alguien. Y es que hemos sido educados para ser empleados que enriquecen a las empresas. Para ser consumidores que enriquecen a los dueños de los negocios cuyos productos compramos. Para ser contribuyentes que enriquecen a los gobiernos. Y para ser deudores que enriquecen a los bancos. Pero nadie nos ha enseñado a trabajar para nosotros mismos.

 

Fuente: Borja Vilaseca

“Qué harías si no tuvieras miedo”

El oro encaja muy bien la subida de tipos de la Reserva Federal.

El oro encaja muy bien la subida de tipos de la Reserva Federal.

Como era de esperar, la reunión de la Reserva Federal estadounidense del pasado 21 de marzo, la primera presidida por Jerome H. Powell, el sustituto de Janet Yellen, ha servido para aprobar una nueva subida de los tipos de interés. Como preveían los analistas, el oro ha encajado muy bien la subida y ha registrado una importante subida de precio.

La Reserva Federal estadounidense acordó en su reunión del 21 de marzo elevar los tipos de interés en 25 puntos básicos, hasta un rango objetivo de entre el 1,50 y el 1,75%. Una subida que ya habían descontado los mercados y, por tanto, no ha sorprendido a los analistas.

Lo que sí ha sorprendido ha sido la actitud más conservadora del nuevo presidente de la Fed, Jerome Powell quien, en su primera comparecencia ante la prensa tras la reunión, apuntó la posibilidad de que se lleven a cabo dos nuevas subidas de tipos durante 2018 y mostró su confianza en que los recortes fiscales y el incremento del gasto público reactiven la economía.

Una actitud que ha decepcionado a los analistas, que esperaban una reacción más agresiva por parte de la Reserva Federal, y que ha afectado al dólar estadounidense, que ha caído un 0,3%, hasta los 89,524 puntos en el Índice Dólar, que lo compara con el euro, la libra esterlina, el franco suizo, la corona sueca, el yen japonés y el dólar canadiense.

En cambio, como muchos analistas habían predicho, el precio del oro ha reaccionado al alza: la sesión del martes, 21 de marzo en la London Billion Market Association (LBMA) cerraba con el oro a 1.321,35 dólares la onza (10 dólares más que el cierre anterior) y el precio spot subía a primera hora de la mañana del 22 un 0,1%, hasta los 1.333,41% la onza.

A la luz de esta importante subida registrada por el oro inmediatamente después de la reunión de la Reserva Federal, el metal tiene la oportunidad de romper la horquilla de precios en los que se había mantenido durante los últimos meses y comenzar a escalar.

Según Jordan Eliseo, jefe economista de ABC Bullion, en Kitco News, el oro ha repetido el mismo patrón que siguió en las anteriores subidas de tipos de la Fed, bajando su precio en las semanas anteriores y disparándose nada más conocerse la subida de tipos.

Un patrón que ha seguido en las subidas de tipos de diciembre de 2015, diciembre de 2016 y en dos ocasiones durante 2017, como puede verse en el gráfico publicado en Twitter por el propio Jordan Eliseo.

Gráfico sobre el precio del oro antes y después de las subidas de tipos de la Reserva Federal (Jordan Eliseo, ABC Bullion)

La subida del precio del oro como reacción a la decisión de la Fed no ha sorprendido en el mercado, aunque sí ha sorprendido la magnitud de la misma. Según Eliseo, el oro ha subido alrededor de 15 dólares. Cualquier movimiento por encima del 1% resulta muy significativo”.

La subida refleja las dudas que se han instalado en el mercado sobre las intenciones de la Reserva Federal de llevar a cabo una política monetaria más restrictiva. De hecho, el sentimiento generalizado es que el oro está muy bien posicionado, aunque la Fed lleve a cabo dos nuevas subidas de tipos a lo largo de este año.

Los mercados también están pendientes de las decisiones proteccionistas que pueda adoptar la administración Trump y de las reacciones que pueden desencadenarse en la Unión Europea y China. “Todo ello va a disminuir la confianza de los inversores en las previsiones de crecimiento global, lo que resultará positivo para el oro y puede ser un factor importante”, señala el analista de ABC Bullion.

A corto plazo, los analistas creen que el precio del oro se moverá entre los 1.280 y los 1.350 dólares la onza. Según Eliseo, “el oro tiene que subir hasta los 1.330-1.350 dólares la onza para que el mercado se vuelva más agresivo. Hemos pasado por una etapa de muy escasa volatilidad en el precio del oro, que se ha estancado entre los 1.300 y los 1.350 dólares la onza”.

Las previsiones para finales de año son muy positivas, y apuntan a un precio de entre 1.450 y 1.500 dólares la onza. Una revalorización del 10-15% en 2018 sería una cifra bastante razonable aunque, para subir más de esos niveles, sería necesario que ocurriera algo realmente grave en los mercados financieros o en la economía global”.

Fuente: OroInformación.

 

El oro, fuente de riqueza y elemento diversificador de carteras de inversión.

cartera diversificadora

El oro es un activo altamente líquido, aunque escaso, y no tiene contraparte. Se compra tanto como inversión como por su carácter de artículo de lujo. Como inversión tiene un importante papel como fuente de rendimientos a largo plazo; elemento diversificador de la cartera, que mitiga las pérdidas en momentos de incertidumbre en el mercado; activo líquido sin riesgo crediticio que ha superado a las divisas fiat; y, en general, un medio para mejorar el rendimiento de cualquier cartera de inversión.

Según el informe “La relevancia del oro como activo estratégico”, publicado el pasado 23 de enero por el Consejo Mundial del Oro, la demanda global de oro de inversión ha crecido un 18% de media desde el año 2001.

Parte de culpa de estas cifras la tiene la aparición de nuevas fórmulas de acceso al mercado, como los ETF, pero también el crecimiento de las clases medias en los países asiáticos y un renovado interés en la gestión de riesgos tras la crisis financiera en Estados Unidos y Europa.

Muchos inversores se sienten atraídos por el oro como elemento diversificador de la cartera de inversión, debido a su baja correlación con la mayoría de activos y como protección frente a riesgos sistémicos y caídas de los mercados. También se utiliza como depósito de riqueza y para protegerse de la inflación y del riesgo de tipo de cambio.

Fuente de riqueza

El oro no solo resulta útil en periodos de incertidumbre: su precio ha crecido una media del 10% desde 1971, cuando comenzó a comerciarse libremente tras el colapso de los Acuerdos de Bretton Woods.

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Su rendimiento a largo plazo es comparable al de los mercados de capitales y superior a los bonos y las commodities, y se debe a que cotiza en un mercado muy amplio y líquido, aunque se trate de un bien muy escaso.

La producción minera ha crecido una media del 1,6% anual durante los últimos 20 años. Un tiempo en que los consumidores, inversores y bancos centrales han hecho crecer la demanda.

Por el lado del consumo, la cuota combinada de demanda por parte de China y la India creció desde un 25% a principios de la década de los 90 del pasado siglo, hasta más del 50% en los últimos años. Un crecimiento que viene dado por la expansión de la riqueza y que tiene un efecto positivo en sectores como la joyería, la tecnología y la demanda de lingotes y monedas.

Durante el pasado siglo, el oro ha batido a las principales divisas como medio de cambio, debido sobre todo a que el suministro disponible de oro ha cambiado muy poco (creciendo menos de un 2% anual durante los últimos 20 años), mientras que el dinero fiat se puede imprimir en cantidades ilimitadas para apoyar las políticas monetarias.

Elemento diversificador

En su papel de diversificador de carteras de inversión, el oro tiene a incrementar la demanda y el interés de los inversores en periodos de aumento del riesgo. En tiempos de crisis sistémica, cuando los inversores se retiran de los mercados, el oro se muestra efectivo proporcionando retornos y reduciendo las pérdidas.

monedas oro

Además, por su doble naturaleza de bien de lujo e inversión, el comportamiento del precio del oro a largo plazo viene apoyado por el crecimiento de los ingresos.

Un mercado grande y líquido

El oro se beneficia del tamaño de su mercado global: la estimación del total de oro físico en manos de los inversores y bancos centrales que hace el Consejo Mundial del Oro ronda los 2,9 billones de dólares, con otros 400.000 millones a través de derivados, ETF o transacciones extrabursátiles (“over the counter”).

Por todas estas características, el oro es un elemento indispensable para diversificar carteras de inversión. Según los analistas, el porcentaje de oro que tiene que estar presente en toda cartera de inversión oscila entre el 1 y el 10%, dependiendo de la composición de la misma y de los activos alternativos de que disponga.

Commodities

En comparación con las commodities (mercancía, productos y materias primas), entre las que frecuentemente se incluye al oro, éste presenta notables diferencias, muchas más que semejanzas. Por ejemplo, el suministro de oro es equilibrado y amplio, lo que despeja la incertidumbre y volatilidad.

comoditties vs oro

Además, el oro no se consume, así que sus stocks son enormemente superiores a los del resto de commodities. Y la demanda de este metal procede de múltiples segmentos y regiones.

Según los cálculos del Consejo Mundial del Oro, el desglose del oro físico existente, según su uso, es el siguiente:

–          Joyería: 89.600 Tm (el 47%), valoradas en 3,6 billones de dólares.

–          Sector oficial (bancos centrales): 31.600 Tm (17%), equivalentes a 1,3 billones de dólares.

–          Lingotes y monedas: 38.400 Tm (20%), valoradas en 1,5 billones de dólares.

–          ETF y similares: 2.300 Tm (1%), 98.000 millones de dólares.

–          Otros: 27.700 Tm (15%), valoradas en aproximadamente un billón de dólares.

 

Fuente: OroInformación

 

Las siete razones por las que hay que invertir en oro en este 2018.

Las siete razones por las que hay que invertir en oro en este 2018

lingotes de oro en suspension

Las siete razones por las que hay que invertir en oro en este 2018.

El precio del oro ha subido un 12% en 2017 y ha cerrado el año subiendo, hasta superar de nuevo la barrera de los 1.300 dólares la onza. Las previsiones de diversas entidades financieras y consultoras dan por hecho que la tendencia va a continuar en 2018, que será un buen año para los inversores en oro.

Sumándose a esta tendencia, el experto en metales preciosos Jeff Reeves ha publicado en Market Watch las que, a su juicio son las siete razones que pueden convencer a los inversores para depositar su confianza en el oro en este 2018.

1. El oro ha alcanzado un nuevo suelo

Según Reeves, hace mucho tiempo que el oro no pinta tan bien: ha alcanzado los 1.350 dólares la onza en varias ocasiones durante los últimos años y se ha mostrado bastante estable, entre 1.200 y 1.250 dólares, cuando ha bajado de esos máximos, en el pasado mes de septiembre.

En su opinión, faltaría romper la resistencia hacia arriba, pero el hecho de que los mínimos hayan subido hasta los 1.200-1.250 ya es, de por sí, una buena noticia. “Y con los recientes movimientos por encima de los 1.300 dólares, hay muchas posibilidades de que ese nivel siga subiendo”, señala Reeves.

2. Buen momento a corto plazo

El precio del oro ha subido alrededor del 6% en los últimos seis meses, una revalorización inferior a la del índice S&P 500 (que mide la capitalización bursátil de las 500 empresas más importantes de EEUU) en el mismo periodo, que fue del 11%, pero aun así destacable. Y desde la caída que sufrió en el mes de diciembre, el precio ha subido más de un 5% en apenas unas semanas, mientras que el S&P casi no se ha movido.

3. Rotación de activos

Los inversores en bolsa se muestran muy optimistas por la excelente racha que han atravesado en 2017, pero es habitual que los traders ya estén buscando nuevos destinos para la inversión, ahora que los mercados ya han descontado la aprobación de la reforma fiscal en Estados Unidos y que la fiebre de las acciones está pasada de moda.

Los inversores cortoplacistas siempre están buscando nuevos objetivos, una vez que han alcanzado los anteriores, y el nuevo año parece el momento ideal para abandonar los mercados de capitales e invertir en otros activos, como el oro.

4. Fuerte demanda global

El aumento de la demanda global de oro va a suponer un importante impulso para el oro en 2018. En la India, segundo mayor consumidor mundial de oro, las importaciones de este metal crecieron un 67% durante 2017, un dato que invita al optimismo. Respecto a China, el mayor productor y consumidor mundial de oro, la demanda de lingotes creció un 40% en noviembre respecto al año anterior, lo que denota el buen momento.

5. Debilidad de la producción

La producción mundial de oro se ha estancado en 2017 y diversos informes apuntan a que ésta podría haber llegado ya a su máximo histórico, y que a partir de ahora no hará más que descender. Según ANZ, la producción de oro se encuentra en su punto más bajo desde el comienzo de la crisis financiera y los riesgos van a seguir incrementándose.

Entre los principales factores de este estancamiento están los económicos, con la falta de liquidez acechando a diversas compañías mineras, como Freeport McMoRan, que se ha visto obligada a cerrar varias explotaciones que no eran económicamente rentables, debido a las nuevas políticas regulatorias de países como Indonesia o Sudáfrica.

Todo ello provoca que el conjunto de las compañías mineras extraiga cada vez menos oro, lo que debería beneficiar a los inversores en oro a lo largo de 2018.

6. Devaluación del dólar

Existe una relación inversa entre la fortaleza de los precios de las commodities y la divisa estadounidense, ya que el precio de las materias primas se establece precisamente en dólares. Y el dólar está protagonizando una tendencia a la baja. De hecho, el índice dólar (DXY), que compara la divisa estadounidense con el euro, la libra esterlina, el franco suizo, la corona sueca, el dólar canadiense y el yen japonés, se encuentra en su nivel mínimo de los últimos tres meses después de haber caído casi un 10% durante 2017. Una tendencia que va a contribuir a impulsar el precio del oro.

7. Las criptomonedas no son competencia

La apreciación de las criptomonedas durante 2017 no ha sido ha costa del oro: durante el pasado año, el precio del oro se ha incrementado en dobles dígitos, coincidiendo con la extraordinaria subida del bitcoin, lo que indica que no es previsible que los inversores en oro se vayan a dejar llevar por estos activos de moda.

 

Fuente: OroInformación